Hay una banca en casi cada esquina de este país. Y eso por sí solo no es malo: uno pasa, juega su quinielita de veinte pesos, se entera de quién pegó ayer y sigue su camino. Así lo hace la mayoría. Pero hay gente para la que la banca dejó de ser pasatiempo hace rato y se convirtió en otra cosa, y casi nunca se da cuenta sola. Se da cuenta la esposa. Se da cuenta el compañero del trabajo que ve que la hora del almuerzo ya no es para almorzar.
En Orejita publicamos resultados todos los días y lo tenemos claro: el número que salió es un dato, no una promesa. El registro cuenta lo que pasó, no adivina. Este artículo no es para regañar a nadie. Es para poner sobre la mesa, con calma, las señales que ya se conocen y los lugares de verdad a donde se puede llamar.
Cuando el juego deja de ser juego
No existe una cifra mágica de pesos por semana que separe al que se divierte del que está en problemas. Lo que cambia es la relación con el juego. El que juega por gusto pierde su quiniela y se ríe, o se pone un chin bravo y ya. El que tiene el problema pierde y lo primero que piensa es cómo recuperarlo hoy mismo, en la de la tarde, en la de la noche, en la de Nueva York a las diez y media si hace falta.
Esa es la señal más conocida: perseguir la pérdida. Se juega para recuperar, se pierde más, se juega más.
Hay otras que la gente que atiende estos casos repite una y otra vez. Mentir sobre cuánto se juega, o decir que fue “un chin” cuando fue la mitad de la quincena. Pedir prestado para jugar, o pedir prestado para pagar lo que se pidió prestado para jugar. Necesitar jugar cada vez más cantidad para sentir lo mismo. Ponerse inquieto, de mal humor, el día que por lo que sea no se pudo jugar. Faltar al trabajo. Dejar la escuela de los muchachos sin pagar y que la compra del mes se quede en la mitad.
Y una que duele nombrar: el que empieza a jugar para no pensar. Porque llegó a la casa con un problema encima y la banca le sirve de anestesia veinte minutos.
Si alguien se reconoce en dos o tres de estas, no es para armar un drama. Es para prestar atención.
Lo que una banca no le va a decir
La banca no tiene por qué cuidar a nadie; es un negocio. El que vende la quiniela no sabe si usted juega con lo que le sobra o con lo que faltaba. Por eso la cuenta la tiene que llevar uno.
Un ejercicio sencillo: sumar lo que se jugó en una semana, con todo. La de la mañana, la de la tarde, el palé que “se fue por un número”, lo que se puso en la yipeta del compadre camino a la banca. Sumarlo de verdad, en un papel, no de memoria. Casi todo el mundo se asusta. Y ese número, comparado con lo que entra en la casa, dice más que cualquier test de internet.
También ayuda saber lo que de verdad paga cada jugada y lo que se descuenta al cobrar. En cuánto paga la lotería lo explicamos con calma, premio por premio. Conocer la cifra real, y lo poco frecuente que es pegarla, le quita humo a la fantasía.
Los números calientes tienen su lugar. En las estadísticas publicamos cuáles salen más y cuáles llevan tiempo sin salir porque es un dato curioso y la gente lo pide. Pero lo decimos allá y lo repetimos aquí: que un número lleve cuarenta sorteos sin salir no lo hace más probable mañana. Las bolas no tienen memoria. Quien juega convencido de que “ya le toca” está apostando contra la aritmética, y la aritmética no pierde.
Dónde pedir ayuda en el país
Aquí hay instituciones reales, con teléfono, que atienden esto. Las comprobamos en el directorio de juego responsable de la Dirección de Casinos y Juegos de Azar, que depende del Ministerio de Hacienda y Economía.
La Fundación Fénix, en Santo Domingo (calle Jacinto Mañón núm. 5, Plaza El Avellano), atiende adicciones, incluido el juego, y trabaja también con las familias. Teléfono: 809-542-4759.
El CAIDEP, Centro de Atención Integral a las Dependencias, en la avenida Nicolás de Ovando, Santo Domingo. Teléfono: 809-684-2300.
La Clínica Conductual Volver, en Bella Vista. Teléfono: 849-856-3789.
Jugadores Anónimos tiene grupos en Santo Domingo que se reúnen varias veces a la semana: en la parroquia Cristo Salvador, en la iglesia Paz y Bien, en el Club Amparo de la 30 de Mayo y en la Clínica Clarium del ensanche Julieta. Son reuniones gratis y sin apellido. Uno llega y se sienta a escuchar, nada más. Los horarios están en el mismo directorio de casinos.gob.do.
Y la línea gratuita de salud mental del Ministerio de Salud Pública, 809-200-1400, atiende a cualquiera que la esté pasando mal; no hay que decir la palabra “ludopatía” para que lo escuchen. En febrero de este año anunciaron que ese número pasaría al 811. Si uno no contesta, pruebe el otro.
Fuera de la capital la lista se pone corta, y no vamos a inventar un teléfono para rellenar el párrafo. Lo que sí hay en cada pueblo es un médico. El de la UNAP o el de la clínica de siempre. Decirle “doctor, creo que tengo un problema con el juego” es una frase que ellos saben manejar, y de ahí lo refieren a quien corresponde. La familia también cuenta, aunque suene a consejo de abuela: el que lo dice en voz alta en su casa ya dio el paso más duro.
Si el que tiene el problema es otro
A veces el que lee esto no es el jugador. Es la mujer que encontró los tickets en el bolsillo del pantalón. Es el hermano al que le pidieron prestado por tercera vez este mes.
Lo que dicen los que saben, y lo que hemos visto de cerca, es que la pelea de frente casi nunca funciona. Esconderle el dinero tampoco, porque lo consigue por otro lado. Lo que ayuda es hablar en un momento tranquilo, sin público, sin la factura de la luz en la mano, diciendo lo que uno ve y lo que uno siente. “Te vi jugar tres veces hoy y me da miedo.” Corto. Y dejar el teléfono de la Fundación Fénix o el de la línea de salud mental pegado en la nevera, porque las familias también pueden llamar ahí.
Hay algo que vale para los dos lados: la vergüenza es lo que más retrasa la llamada. En este país uno se ríe del que “se le fue la mano” con la banca, y esa risa le cuesta meses a mucha gente.
Lo que hacemos nosotros
Nadie tiene un censo de cuánta gente tiene problemas con el juego en el país; las cifras que a veces salen en la prensa son cálculos de los propios centros que atienden casos, no de una encuesta nacional. Pero aunque fueran pocos, son demasiados vecinos.
En Orejita no vendemos números ni damos “el fijo”. Publicamos lo que salió, a qué hora sale cada sorteo y qué número le toca a cada sueño en la tabla, que es tradición de abuela y no ciencia, y así lo decimos en cada página. Si usted ve en esta casa a alguien prometiendo un premio, escríbanos, porque ese no somos nosotros.
Si sumó lo de la semana y el número le asustó, los teléfonos están más arriba. La quiniela de las seis sale a las seis, con usted o sin usted.
Director editorial de Remolacha.net y creador de Orejita.com. Supervisa que cada dato del sitio salga de su fuente oficial: las loterías, el Banco Central, el MICM y las demás instituciones. ¿Viste un error? Escríbele a rafael@orejita.com y se corrige.
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