Un lago del suroeste lleva su nombre, y mucha gente lo conoce más por la novela de Manuel de Jesús Galván que por los documentos. Enriquillo fue un cacique taíno que sabía leer, escribir y hablar castellano, que aguantó catorce años alzado en la sierra del Bahoruco y que terminó firmando la paz con el emperador. Esa última parte es la que menos se cuenta, y la que más preguntas deja.
Un cacique criado por frailes
Lo que sigue sale sobre todo de la biografía que escribió el historiador Luis Arranz Márquez para la Real Academia de la Historia de España, que se apoya en Las Casas, en Oviedo y en las cartas de los funcionarios de la época.
Enriquillo nació en el último tercio del siglo XV. De niño lo educaron los franciscanos en su convento de Jaragua, en la religión y la lengua de los españoles. Se casó con Mencía, una india de linaje noble. En el repartimiento de 1514, el que mandó hacer Rodrigo de Alburquerque para repartir a los indios entre los colonos, le tocó como encomendero Francisco Valenzuela, en San Juan de la Maguana.
El cronista Juan de Castellanos lo describió en verso como un «indio ladino» que sabía bien la lengua castellana y era «gentil lector».
Por qué se alzó en 1519
El hijo de Valenzuela lo maltrató: le quitó una yegua que tenía y abusó de Mencía. Enriquillo se quejó ante el teniente de gobernador de la villa, Pedro Vadillo, que no le hizo caso. Entonces fue a Santo Domingo y presentó su queja ante la Real Audiencia. La Audiencia dio unas instrucciones que, al parecer, le favorecían. Vadillo tampoco las cumplió.
Ahí se acabó la paciencia. En 1519, con un grupo de indios, Enriquillo se fue a las montañas del Bahoruco y las convirtió en su base. Fíjate en el orden de los hechos, porque es lo que hace distinta esta rebelión: primero intentó la vía legal, dos veces, y solo después tomó las armas. Si quieres ubicarte en el mapa, la provincia que hoy lleva el nombre de Bahoruco está en esa misma región del suroeste.
Catorce años en la sierra
Valenzuela y Vadillo salieron tras él con unos setenta hombres enviados desde Santo Domingo y no pudieron. Enriquillo conocía el terreno y conocía también las armas y la manera de pelear de los españoles, porque se había criado entre ellos. Los oidores de la Audiencia se lo explicaron así al emperador: era una guerra contra indios criados entre los españoles, que sabían sus fuerzas y costumbres y usaban sus mismas armas. Y comparaban la sierra con las de Granada, pero más áspera.
En 1526 el capitán Hernando de San Miguel, con ciento cincuenta hombres, cambió de táctica: arrasó los conucos de la zona para dejar sin comida a los alzados. Enriquillo pidió una tregua y pidió que mediara fray Remigio, el franciscano que lo había educado. Aprovechó la calma para mudarse en secreto a la parte oriental de la sierra y sembrar nuevas plantaciones para el cazabe de su gente.
Una carta del licenciado Vadillo de 1533 cuenta que tenía su asiento en un lugar adonde nunca habían llegado los españoles, tan escondido que casi fue imposible encontrarlo, con grandes cuevas cerca para ocultarse si los descubrían. Tenía, además, su propia red de informantes.
La guerra salió carísima. Para pagarla, la Audiencia cobró desde 1523 un impuesto llamado sisa sobre el vino y la carne. El malestar de los vecinos fue tal que en 1533 la Corona aceptó pagar la cuarta parte de los gastos.
El ejemplo cundió. Otros indios y también negros esclavizados se alzaron en distintos puntos de la isla. Uno de ellos, el cacique Tamayo, después de atacar a algunos españoles cerca de Puerto Real, se fue a juntar con Enriquillo en el Bahoruco.
El acuerdo con la Corona
Desde 1531 la guerra se agravó y el rey la vio como un asunto urgente. El 4 de julio de 1532, en Medina del Campo, nombró a Francisco de Barrionuevo capitán general de la guerra del Bahoruco. Barrionuevo llegó a Santo Domingo el 20 de febrero de 1533 con casi doscientos soldados, pero con orden de ofrecer la paz antes de pelear.
Lo buscó más de dos meses. Entre julio y agosto de 1533 se entrevistó con Enriquillo y con Tamayo cerca del lago que entonces llamaban Comendador Aibaguanex, el mismo que hoy lleva el nombre de Enriquillo y que aparece en nuestra guía de ecoturismo. La idea era un tratado escrito que comprometiera directamente al rey Carlos I, y Enriquillo, dice Arranz Márquez, entendió enseguida lo que eso valía.
Esto es lo que recibió y lo que dio, según Arranz Márquez:
- Tierras y un asentamiento para él, su familia y su gente.
- El título de «don», que en esa época llevaba solo la nobleza más alta.
- A cambio, se obligó a entregar a los indios y negros cimarrones que encontrara, a razón de cuatro camisas de lienzo por cada negro, y a salir contra los indios que siguieran alzados.
Esa cláusula incomoda, y es bueno decirlo en clase. El hombre que se alzó contra el abuso aceptó, para cerrar su guerra, perseguir a otros que huían del mismo abuso. La historia no siempre entrega héroes de una sola pieza.
Fray Bartolomé de las Casas, que vivía en Santo Domingo, subió al Bahoruco cuando supo del acuerdo. Dijo misa, bautizó a Tamayo y a otros indígenas y animó a Enriquillo a mantener la paz.
Sus últimos años y una duda sobre dónde murió
En 1534 Enriquillo y Mencía visitaron Santo Domingo, donde los recibieron con honores. Después se instaló con su gente cerca de la villa de Azua, en un pueblo que se conoció como Boyá. Según Arranz Márquez murió el 27 de septiembre de 1535, después de confesarse y hacer testamento, y fue enterrado en la iglesia de Azua, como pidió. Dejó al mando a Mencía y a su primo Martín de Alfaro.
Pero en la bibliografía de esa misma biografía aparece un trabajo de 1987 con un título que lo dice todo: que el cacique murió en Sabana Buey, cerca de Baní. O sea, el lugar exacto de su muerte se discute. Si pasas por Azua, ya sabes que la versión más citada lo deja enterrado allí.
El Enriquillo de la novela
Galván publicó la primera parte de su novela en 1879 y la obra completa en 1882, con el título de Enriquillo, leyenda histórica dominicana. Así lo explica la edición que publicó el Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña en su colección de clásicos dominicanos. En el texto que esa edición recoge, Pedro Henríquez Ureña recuerda que en el romanticismo se llamaba leyenda a las obras de imaginación tejidas con hilos de historia. Y advierte que Galván atribuye a sus personajes amores de los que la historia no habla.
Léela, que vale la pena. Pero para la tarea de historia, quédate con el Enriquillo de los documentos: el que reclamó dos veces ante la ley antes de irse a la sierra.
Fuentes: Luis Arranz Márquez, biografía de Enriquillo, Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia (con la bibliografía que cita) · Manuel de Jesús Galván, Enriquillo, colección Clásicos Dominicanos del ISFODOSU, con prólogo de Mu-Kien Sang Ben y artículo de Pedro Henríquez Ureña
Director editorial de Remolacha.net y creador de Orejita.com. Supervisa que cada dato del sitio salga de su fuente oficial: las loterías, el Banco Central, el MICM y las demás instituciones. ¿Viste un error? Escríbele a rafael@orejita.com y se corrige.
Quiénes somos · rafael@orejita.com